CASTIGAR O NO CASTIGAR, ¿ES ÉSA LA CUESTIÓN?

Castigo, punición, sanción, multa, condena o correctivo, son términos que a nadie gustan y que provocan rechazo en nuestras mentes, de ahí que, ante la desobediencia y en ocasiones pillería, de niños o adolescentes, dudemos si ésta es o no la mejor opción.

Si cambiamos estos términos por consecuencia, resultado o efecto, sin duda, estas palabras nos provocan menos desagrado. Y esto, aunque parezca una sutileza sin importancia, se ha de tener en cuenta, ya que el castigo, no es más que una consecuencia, eso sí, negativa, de nuestra conducta.

Si las consecuencias del cumplimiento, o no, de las normas de la casa están claras; el castigo se convierte directamente en una consecuencia de la conducta, que el joven ha decidido, por propia voluntad, realizar a sabiendas de lo que ocurrirá después. Esto hace, no solo que la percepción de castigo injusto desaparezca sino que, además, promueve que niños y adolescentes, sean responsables de sus propios actos.

Con esto, me refiero, a que la cuestión no es si castigar o no, sino más bien cómo hacerlo. Es importante para todo castigo, que se perciba ese nexo de unión entre la conducta y la consecuencia de la forma más inmediata posible, además de adecuar de una forma lógica y relacional esas consecuencias a la edad y gravedad del asunto en cuestión. Qué decir, que ambos padres han de estar en total acuerdo con las mismas y que han de ser constantes y firmes en su decisión. Importante también, que el conocimiento de reglas y consecuencias sea claro por parte de todos los miembros de la familia, y que a pesar de esto, se pueda dar un aviso (o dos como mucho) antes de aplicar la consecuencia. Por otro lado, una consecuencia negativa exageradamente larga desmotivará a los castigados a mejorar su conducta por lo que, además, es importante que exista la oportunidad de recuperar los privilegios que se pudieran haber perdido a través de la realización de conductas positivas alternativas, así como no reprochar conductas pasadas: una vez cumplida la pena, borrón y cuenta nueva. Así mismo, los castigos constantes promueven la percepción de que “haga lo que haga seré castigado” por lo que perderán toda su efectividad. Por último, y aunque esto es muy fácil decirlo, y sé que no tanto hacerlo, estas consecuencias han de aplicarse sin hostilidad ni gritos, pues de no ser así, puede que sea el agotamiento de nuestra paciencia el que esté llevando a cabo el castigo.

Lo absurdo que puede llegar a ser un castigo, puede verse reflejado en muchos aspectos de nuestro día a día. Imagínate que por haber discutido con tu pareja, ésta se cabrease unos meses después, si por llegar tarde un día al trabajo fueses despedido sin posibilidad de redención, si el policía de turno además de ponerte una multa te lo dijese a gritos y de forma un tanto desquiciada, o si por no fregar la loza del desayuno se te negase la palabra por un tiempo indeterminado. ¿Exagerado?. Mucho, pero de alguna forma, esto podría estar pasando si aplicamos el castigo guiados por un impulso en los momentos de enfado, cuando los nervios están a flor de piel y sin pensar el cómo y el porqué. Esto puede convertir una herramienta muy útil y perfectamente válida para la modificación de conducta, en un arma de doble filo, que mal utilizada podría causar más daño que beneficio.

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